Mi primera historia larga

Siempre he sentido un placer especial al ponerme a dibujar o a escribir sin saber muy bien qué quería. Precisamente porque, cuando no tengo un objetivo claro, éste emerge. Es como querer dormir a la fuerza: es imposible. Por eso, sólo puedo escribir o dibujar de verdad cuando no pretendo hacerlo bien. Sólo puedo expresar algo auténtico cuando no estoy vigilándome, cuando me dejo ir.

Así, dejando que salga todo lo que tenga que salir, sin restricciones ni objetivos marcados, me parecía imposible escribir una novela. Este planteamiento me parecía bien para periodos cortos de tiempo, para historias cortas, para transcribir sueños diurnos. Pero una novela parecía otra cosa, algo que debía tener una buena planificación, un estudio de personajes, un planteamiento de temas, un argumento bien estructurado y definido y, sobre todo, tener muy claro adónde quería llegar. Y todo esto, claro, antes de empezar a escribir una sola palabra de la novela en sí.

De forma que seguí así un tiempo, dividido: por una parte, dejándome pequeñísimos márgenes para escribir algunas historias cortas, algunos poemas. Por otra, planificando, dibujando mapas, ideando argumentos fallidos, soñando con que algún día tendría todas las piezas en su sitio y empezaría a escribir mi novela, esa «gran» historia que tenía que ser perfecta antes de nacer.

Pero la novela vino sola cuando y cómo quiso. A traición, como un ninja de los de verdad, oculta entre las sombras y mucho más grande y fuerte de lo que podía imaginar al ver un ojo brillando en la oscuridad. Un simple ojo.

Empezó como un artículo…

En verano de 2007 estaba pensando en un artículo para la revista cultural de unos colegas. Estaba bastante quemado de la política y de las ideologías, y le comenté a uno de ellos que me apetecía meter caña a todo eso. Supongo que se acojonó ante la perspectiva de desafiar a los políticos, porque la revista en cuestión basaba parte de su supervivencia en el apoyo económico de las instituciones. La censura contemporánea no consiste en callarte, sino en que te paguen para que te calles. De todas formas, el hecho es que tuve que replantear el artículo. No el tema en sí, sino la forma. La censura nos vuelve retorcidos…

Me planteé un cuento en el que un chaval conocía a unos hombrecillos grises que habitaban en una casa ruinosa y se pasaban el día cuchicheando y mirando de reojo. Al pedir ayuda para volver a casa, el rey de los hombrecillos empezó a soltar disparates sobre honores e historias antiguas. Para colmo, en cierto momento los hombrecillos sacan un libro de supuesta historia que está vacío y un mapa inventado. Estos hombrecillos, claro está, eran cualquier persona anclada a un pasado imaginario. Y todos lo son, de ahí lo terrible de las ideologías.

Este cuento de por sí me parecía demasiado limitado y su objetivo estaba demasiado claro, así que tenía que ponerle alguna salsa. Rebusqué entre mis cositas y encontré un pequeño texto acerca de que el futuro no era lo que yo pensaba que iba a ser. Ya estoy otra vez con lo que querría y con lo que es, ¿eh? En fin, esa pieza de descontento me pareció un buen punto de partida para incitar a un chico joven, sospechosamente parecido a mí mismo, a salir de su rutina y descubrir cosas nuevas, además de los hombrecillos grises. Pero el chico no estaba muy dispuesto, al contrario, el futuro-presente le había decepcionado de tal forma que se sentía apático. Entonces apareció ella. La muerte. Pero no una muerte chunga y amenazante, sino una muerte amiga. Algo tocapelotas, por supuesto, pero amiga. Y ella le incitó a buscar y a dejar de lamentarse y esperar a que «algo» le suceda. La muerte odia venir a buscarnos a casa o al hospital. Nos quiere valientes.

En medio de este proceso, hice un viaje en coche por Castilla. Fue breve pero me impresionaron sus enormes campos vacíos. Quizá son lo más parecido a los desiertos de arena que he visto jamás. Y los desiertos me parecen muy sugerentes: es como si me devolvieran mi reflejo. Los veo enormes, inabarcables y eso, vacíos. Y sin embargo no están vacíos. En los desiertos hay montones de cosas. Su gracia está en que hay que hacer un esfuerzo consciente para verlas. Lo mismo pasa conmigo: muchas veces he tenido la sensación de que yo soy una especie de mochila vacía que tengo que llenar con cosas «de fuera». Pero dentro ya hay muchas cosas. Es sólo que, como llevo cargándolas un montón de tiempo, he asumido que son parte de la mochila. Y no. Dar cosas por supuesto es un error, más que nada porque es un aburrimiento y nos priva del gozo de descubrir los pequeños detalles que hacen diferente cada circunstancia.

Pero estaba hablando del desierto. También son desierto los pueblecitos en los que no hay nada que hacer. Yo los odio. Me gusta perderme en el ruido y las distracciones de la ciudad, o al menos me gustaba, porque me doy cuenta de que todo eso es una huida de mí mismo. Y aún sigo peleándome con esa tendencia a la dispersión: es cómoda, es fácil, pero al final del día me hace sentir mal, porque en lugar de haber vivido me he pasado un montón de horas en el limbo.

Así que, en cuanto el chico del cuento salió de la ciudad, le mandé al desierto a que se enfrentara con sus monstruos y fantasmas. Como fin de fiesta, se enfrentó con los hombrecillos grises y, aunque lo pasó mal, terminó saliendo del paso. Quedó un cuento apañado, pero yo sentía que le faltaba algo. La historia concluía, sí, pero el chico seguía buscando. ¿Qué encontraría por ahí? Tenía que saberlo. Poco a poco fui permitiéndome trances creativos más y más largos. Pero aún no funcionaba con la suficiente fluidez. Aún me exigía que las palabras salieran bien a la primera y, sobre todo, no tenía disciplina. Algunos días escribía un porrón de páginas y luego me pasaba días, semanas sin añadir más que alguna palabra suelta aquí y allá. Alternaba una cierta (y atenazante) angustia ante la idea de que nunca terminaría aquella historia con una indiferencia totalmente improductiva. Necesitaba algo para salir de esa rueda.

El verano de 2009 imprimí todo lo que tenía escrito, unas cien páginas, y me puse a leerlas con un boli en la mano. Estuvo muy bien, porque vi mil cosas mejorables y apunté un montón de ideas nuevas. Sobre todo, mi sensación seguía siendo que había algo en la historia que hacía que mereciera la pena que siguiera explorándola. Pero necesitaba algo más.

NaNoWriMo

Entonces encontré el NaNoWriMo. «¡Escribe una novela en un mes!». Me reí. Yo llevaba dos años peleándome con una historia que no terminaba de arrancar y había gente que era capaz de escribir una ¡en un solo mes! No podía ser. Pero me apetecía comprobarlo. No tenía nada que perder: un mes pasa volando. Así que sinteticé lo que tenía escrito en un esquema, pagué la licencia de Scrivener y, el uno de noviembre, volví a empezar mi novela. A pesar de varios problemas, de los que casi ningún wrimo está exento, llegué al objetivo de las 50.000 palabras. ¡Bien!

Sin embargo, la novela estaba lejos de estar terminada. No sólo porque el texto fuera mejorable, sino porque la historia se desplegó de tal forma que tuve que tirar mis esquemas a un lado. Era mucho más grande de lo que pensaba en un principio y apenas había llegado a la mitad del primer acto. No importaba qué planes tuviera, la novela tenía los suyos propios, y se hacía más y más evidente cuanto menos me preocupaba por mis esquemas mentales y más me ocupaba de escribir, sólo de escribir.

Con mi primer NaNo me quedó muy claro que el trabajo de la novela sólo se puede hacer con disciplina, constancia y paciencia. Ahora bien, en cuanto llegó diciembre lo olvidé y apenas escribí, pese a que sabía que tenía que hacerlo. Los siguientes meses me los pasé remoloneando, corrigiendo una palabra aquí y otra allá, reescribiendo alguna escena… Pero sin disciplina, constancia ni paciencia. Era como si realmente no quisiera terminar la novela. Así que, cuando llegó el siguiente NaNo, tenía muchas dudas. «¿Seré capaz de hacerlo otra vez? ¿No será demasiada presión?». ¡Pero si ya lo había hecho el año anterior! Los foros del NaNo me ayudaron con todo esto: había muchas personas con problemas parecidos. Falta de confianza, miedos, dudas…

Al final, todo se reduce a sentarse tranquilo y permitirse soñar. A actuar sin preocuparse. No sin pensar, sólo sin preocuparse. Y no es que nuestras historias sean fantasías sin consecuencias: tanto el que escribe como el que lee seguramente no sean la misma persona después de vivir la historia. Pero ahí está la gracia de todo esto: ¿no es la vida una historia? La ficción nos permite desdoblarnos y descubrir que, como cantaba Whitman, «contenemos multitudes». Nos aferramos a nuestras debilidades porque pensamos que no tenemos nada más, que eso nos define, y seguiremos pensándolo mientras sigamos metidos en nuestra rueda de hámster. Pero en el momento en el que ponemos un pie fuera descubrimos que seguimos vivos, que el viento fresco no está tan mal y que, vaya, sí que podemos.

No digo que escribir me ayude a ser un héroe como los de mis historias. De hecho, ellos mismos tienen un montón de miedos y defectos. No. Mi pequeño éxito es haber seguido escribiendo, sólo eso. Haber tenido la paciencia de dejar que la historia crezca, el valor de dejar que los personajes hagan cosas que yo (siento que) no puedo hacer y no censurarles por ello, aceptar las lecciones que me dan, dejarles vivir. ¡Quizá algún día me deje vivir a mí mismo!

Ahora

Ahora tengo un compromiso fuerte con esta historia. Le dedico al menos un par de horas cada día y tengo un objetivo de palabras diario y mensual que controlo con una hoja de cálculo. Me siento como un corredor, luchando por estar en forma y superarse. Nunca había escrito tanto y estoy comprobando que no importan las dudas, sólo escribir. Aunque sea una porquería, en medio siempre hay algo que vale. Y si no lo hace hoy, quizá lo haga mañana. Al mismo tiempo, no siento ansiedad por terminar la historia, porque sé que cuando termine esta vendrán otras. De hecho, ya están llamando a la puerta, y una de ellas ya la voy escribiendo cuando estoy algo cansado o desorientado con mi proyecto principal.

¿Cuando terminaré? No lo sé exactamente, porque como ya he dicho voy contándome la historia a mí mismo, descubriéndola. Y después queda la edición. El año pasado empecé a editar los primeros capítulos, pero no fui más lejos porque me parecía absurdo tener un inicio finalizado cuando aún no tengo un final iniciado. Sin embargo, por otra parte estuvo bien porque, cuando alguien me pregunta que a ver qué llevo tanto tiempo escribiendo, puedo ofrecerle el comienzo de todo esto.

Lo más importante es que disfruto escribiendo. Un montón. Lo había olvidado porque pensaba que yo era un diseñador gráfico, o un inútil, o un qué sé yo. Pero ¿a quién le importa qué sea? Hay tantas historias e imágenes revolviéndose en mi pecho, en mi estómago, en mi cabeza, ansiando una forma, que simplemente disfruto dándoles existencia, dejándolas salir. Y poco a poco todo va encajando. Eso es lo mejor. No encaja como debería, pero encaja, cada vez más, y es hermoso.

Más adelante hablaremos de las locuras de la edición y más allá, pero lo que me toca de momento es escribir, escribir, escribir.

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