Una semilla en el corazón

En esta foto salgo yo comiéndome un helado junto a mi abuela Isi. Ella sale cortada porque, claro, los niños siempre son las estrellas. A los abuelos los dejamos en un segundo plano, como si molestaran. Pero qué van a molestar. Quizá nos dicen cosas que no nos gustan, quizá no lleguemos a comprendernos del todo… Pero nos aman, a pesar de todo.

Cuando llegó la copia de prueba de mi primera novela, ella la cogió corriendo y se puso a leerla. Se hacía un lío con tanto personaje y tantos nombres extraños, pero en semana y media casi llegó a la página cien y me ayudó a corregir varios errores. Como tantas otras veces, me enseñó que no importa si no sabes o no comprendes algo lo suficiente: lo que importa es ponerle amor y ganas.

Quizá es un error creer, como he creído tanto tiempo, que para amar a alguien hay que comprenderle. ¿No será que podemos amar de verdad precisamente lo que no comprendemos? ¿Quizá por eso es el amor algo tan inexplicable? Mientras esbozamos teorías como telas de araña en las que atrapar a quien queremos amar, el amor se esfuma. Y eso ya lo sabía mi abuela, aunque no lo dijera así. El amor está en comer juntos, en sentarse juntos a ver la tele aunque los programas sean una porquería, en hablar de cualquier cosa asomados al balcón al anochecer. Pero hacerlo por gusto. Porque nos gusta estar juntos. Compartir nuestras vidas.

Mi abuela Isi murió hace tres semanas. Fue como tantas otras cosas en su vida: sin querer molestar, haciéndonoslo lo más rápido y fácil posible. Se quedó dormida, cada vez más profundamente, descansando de su larga e intensa vida, rodeada de las personas que la queríamos.

Me alegro tanto por ella. Por haber vivido con tanto coraje. Por haber sembrado tanto. Por haber seguido adelante, por haber seguido ahí, pasara lo que pasara. Me alegro tanto por haber podido quererla, por haber aprendido tantas anécdotas e historias, por haberla tenido siempre ahí, pequeña de cuerpo y grande de carácter.

Ahora me toca a mí. Aún estoy en el centro de la foto, pero poco a poco me iré moviendo hacia un lado, hasta que ya no se vea mi cara. Pero aún se verán mis manos. Y poco después acompañaré a mi abuela fuera del cuadro. Ojalá. Ojalá me haga tan pequeño como ella, tan pequeño como una semilla en el corazón de los demás. En el mío propio. ¿Hay algo más hermoso que eso?


Después del anochecer, cuando el pueblo estaba totalmente en silencio, una tenue lucecilla verdosa flotó en la oscuridad, colgada de la cintura de Nana. A su lado iba Qati con una cajita, y detrás, cómo no, Acrog y Caro. Se detuvieron al plantar sus pies en el agua. La brisa nocturna traía olor a sal, y un frescor intenso, pero a Qati no le temblaban las piernas por eso. Caro se irguió.

- Yo sujetaré la caja.

- Sé que sólo son cenizas, pero… - Murmuró Qati.

- Esas cenizas ya no son ella. - Susurró Nana. - Déjala ir.

Qati abrió con cuidado la cajita y tomó un pequeño montón de ceniza con su mano izquierda. Se agachó sobre el agua y agachó la cabeza. Nana la acompañó, y Acrog frotó el brazo de su amiga con su hocico. Ella lloraba en silencio.

- Acrog. - Dijo Caro con la voz grave, rota.

- El día ha terminado y he agotado mi cosecha. Me siento vacío entre las estrellas y la tierra yerma. Pero has llegado, entre la niebla nocturna, cálida y reconfortante, y he olvidado mi nombre. Arráncamelo todo hasta que sólo quede amor. ¿Cómo podría echar de menos nada? ¿Cómo podría preocuparme el mañana…? Todo pasa como la lluvia en el desierto. - El guepardo hizo una pequeña pausa. - Arráncamelo todo hasta que sólo quede amor. - Repitió.

Qati abrió la mano y la brisa, poco a poco, se llevó la ceniza. Tomó el resto y la dejó irse del todo.

- Siempre te querré. - Susurró Qati, peleando con sus lágrimas.

Carlos Rioja, El corazón del desierto

2 comentarios:

  1. Vaya Carlos, cuánto lo siento. Aún así, decirte que: la foto es preciosa; lo que cuentas, emocionante; lo que vas consiguiendo -un libro en pruebas- ilusionante. Así que sólo puedo decirte: ¡adelante! Un abrazo, Andrés.

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