Seguir adelante con los cómics

El cómic es algo extraño. Para empezar, no tiene un nombre claro: tebeo, tira, historieta, manga, novela gráfica… mil formas de llamar a las historias contadas con dibujos y (a veces pero no siempre) letras. Por otra parte, es un arte que se ha quedado en un lugar extraño en esta época audiovisual. No está muerto pero sí marginado por películas, televisión y videojuegos, incluso en las propias reuniones de aficionados. Puede entenderse esto como algo positivo porque la diversificación multimedia enriquece los «universos narrativos», pero por otra parte es algo que sólo pueden permitirse empresas con un mínimo de capacidad para movilizar trabajadores que inunden el mercado y la atención de los posibles interesados. Es algo reservado a la industria. A los autores de a pie les queda la dignidad del trabajo artesanal y algunos intentan la vía del prestigio novelagrafista impulsado por un estrecho grupo de críticos-connoisseurs, siguiendo un modelo no muy alejado del arte contemporáneo. Pero la gran mayoría de los que se enamoraron del «arte secuencial» tanto como para animarse a plasmar sus propias historias o abandonan o lo llevan como una afición o un vicio.

Una afición también extraña porque hacer cómics no es algo fácil ni barato. Uno puede hacer viñetas sueltas en cinco minutos en una servilleta, por supuesto, pero habitualmente se busca el mejor resultado posible y eso requiere materiales adecuados (desde papeles de calidad hasta tabletas gráficas) y, sobre todo, horas de estudio y práctica. Hay muchísimo por aprender: narrativa, diálogo, composición de página, tipografía, anatomía, volumen, color… hay que pasar muchas horas probando y fallando, formándose un espíritu constructivo que permita ver errores sin derrumbarse, ser capaz de seguir aprendiendo y progresando. También es importantísimo encontrar el punto entre el trabajo diligente y el auto-abuso que quema y produce lesiones físicas y psicológicas. ¿Y todo esto para qué?

Al principio por imitación, supongo que como todos. Me encantaba leer tebeos y yo también quería hacer los míos, quizá como una forma de vivirlos más a fondo, de meterme en sus historias y buscar las mías propias. Es divertido contar historias, y con dibujos más aún. Es magia. Mi vida podía ser una porquería llena de limitaciones, pero me sentaba a dibujar y podía pasar cualquier cosa. Me ponía a juntar rayas y era como desplegar un universo dentro de mí en el que se mezclaban mis experiencias, mis sueños, mis miedos, todo. En aquel entonces aún era todo muy caótico y deslavazado, pero con el tiempo escribir y dibujar historias me ha servido para aclarar y dar cierto orden a lo que siento, pienso y sueño. Sólo por eso siento que merece la pena dedicar tiempo y esfuerzo a las historietas.

Luego está el mostrarlas. Ya que están hechas por qué no compartirlas, ¿verdad? Sobre todo ahora con el ansia por consumir y compartir toda clase de historias que genera internet. Por mi parte tuve bastante suerte. Empecé sin expectativas, sólo porque me apetecía volver a dibujar cómics, y comprobar que había gente desconocida que leía lo que publicaba me animó a seguir. Estuvo bien porque pude crecer poco a poco, desde tiras autoconclusivas con chistes malos y peor dibujo hasta historias de varios capítulos con fondos, volúmenes y unas proporciones más coherentes. Con más chistes malos, por supuesto, y con interés por saber más de los personajes, que me resulta más interesante.

Mi webcómic no era ni mucho menos el más conocido, sólo tenía cierta fama en la plataforma Subcultura, así que sentía que tenía que hacer algo más con él.

Planeé un crowdfunding para sacarlo en papel, preparé un dossier editorial para tantear la posibilidad de que lo publicara alguna… pero no me convencía a mí mismo, el material que tenía no era coherente y aún no era suficientemente bueno. Tenía que rehacerlo. Y rehacer un cómic es casi más duro que hacer tres nuevos, aún más cuando se hace por amor al arte. Por otra parte, me di cuenta de que no tenía suficientes seguidores ni capacidad promocional como para embarcarme en un crowdfunding, y la idea de publicar con una editorial era un poco tonta porque muy raramente supondría un aliciente de fama y dinero. E incluso aunque fuera una vía para encontrar trabajos de ilustrador me di cuenta de que no me veía como tal. Yo quería contar mis historias. Y de todas formas mis intentos por hacer encargos fueron frustrantes.

Probé el camino de la autoedición. Empecé con un pequeño fanzine con historietas sueltas del artista y la musa que se vendió sorprendentemente bien sólo por correo postal: 54 copias. Un número modesto, pero a mí me valió y me permitió probar qué alcance podía tener algo mío. Más adelante, con la ayuda de varios de artistas conocidos y queridos, sacamos un cómic más profesional, a color y con papel del bueno, del que se vendieron prácticamente las 100 copias que imprimimos. Fue interesante ver cómo algunos compradores del fanzine repitieron y aparecieron otros nuevos, cómo evolucionó la forma de promocionarlo… es un trabajo en sí mismo y fue enriquecedor.

No económicamente, desde luego. Si bien no he perdido dinero con la autoedición tampoco se puede decir que haya ganado para cubrir ni una pequeña parte del tiempo que toma; aunque sólo sea la maquetación y la promoción, no hablemos ya de las horas desarrollando el cómic en sí.

Durante un tiempo el dilema de la recompensa económica me estuvo quemando, para qué negarlo. En internet uno se harta de leer a artistas pedir a otros artistas que no se malvendan, que no trabajen gratis, porque eso degrada la profesión. Que es lícito publicar cosas para promocionarse, pero que subir cómics enteros (o música, o libros, o lo que sea) es una ruina porque no hay forma de rentabilizarlo. Aquí hay que lidiar con varias dudas: ¿Será mi trabajo suficientemente bueno como para poder venderlo a un precio justo? ¿Habrá suficientes interesados como para hacerlo rentable? ¿Tengo la capacidad para hacer cómics y venderlos? Si sólo es lo primero, ¿cómo encontrar a alguien de confianza que me complemente en esos aspectos?

Por otra parte, ¿quiero realmente hacer una carrera de esto o me vale con que sea una pasión para los ratos libres? ¿Me engaño cuando me limito diciendo que sólo es un hobby o simplemente admito mi realidad? Porque a todas las limitaciones del mundo del cómic tengo que añadir las mías propias: edad, posibilidades económicas, situación social, psicológica, etcétera. El mercado creativo no es para gente suave.

Estas y otras preguntas me tuvieron paralizado mucho tiempo, al menos con respecto a publicar en internet. Seguí rehaciendo mi cómic principal, preparando fanzines, publicando algunas ilustraciones… y no era lo mismo, claro. La gran mayoría de los que seguían El artista y la musa no tenían interés en otras cosas. He dibujado bastantes ilustraciones y algún otro cómic, he evolucionado, incluso he hecho fanarts de cosas famosas, pero tengo la sensación de que cada vez importa menos.

No sé si esa sensación de futilidad está tras mi parálisis con El artista y la musa. Tengo reabocetado todo el primer volumen de una forma que lo mejora sin perder su esencia. También tengo abocetado el tercero con una historia larga que me encanta y que seguramente le guste a los que les gustó el resto. Vamos, que podría quedar una trilogía chula de tomos, algo de lo que sentirme satisfecho. Pero me cuesta horrores ponerme a terminarlos. No tengo ganas de publicarlos como webcómic (me parece un poco obsceno «resucitar a los muertos») y aparte de eso no sé qué podría hacer, dados los motivos ya expuestos.

Harto de revolverme contra mí mismo, en cierto punto sentí que necesitaba dejar de pensar tanto y empezar con algo nuevo. Así que me puse con Patata, una historieta muy sencilla en la que volcar cosas que me preocupan y seguir practicando mis habilidades comiqueras. Sé que no voy a llegar a ninguna parte con esto, pero al menos he recuperado el placer de dibujar, la satisfacción de ponerme retos e ir cumpliéndolos, la despreocupación de publicarlo en internet –en mi disco duro se iba a pudrir de todas formas– y la alegría de que haya alguien leyéndolo. Y vamos, me encanta cuando alguien me regala un fanart. No tengo muchos lectores pero son majos.

Patata está siendo una buena terapia. Así veo mi futuro en los cómics, como una terapia. Hacer lo que me pida el cuerpo para contar lo que me duele, lo que deseo, lo que me obsesiona, lo que me alegra… las cosas que no puedo contar de otra forma. Procuraré embarcarme en proyectos más cortos y manejables, a poder ser que me permitan probar cosas nuevas, pero si se alargan qué se le va a hacer. Ojalá tenga la salud y las ganas para seguir con ellos. Y quién sabe, ojalá tenga alguna vez alguna respuesta a todas esas preguntas que me atormentan (y que seguirán haciéndolo, probablemente). Si no, pues oye, al menos lo paso bien un rato.

Mucho ánimo a los que siguen disfrutando de plasmar sus mundos interiores, ya sea profesionalmente, en fanzines, en webcómics o en su intimidad, que también es opción. Lo que importa es expresarse y compartir.

2 comentarios:

  1. Leí en algún sitio que, además de sonreir cuando estamos contentos, podemos desencadenar una sensación de felicidad al forzar y mantener una sonrisa. No sé la credibilidad que tendrá esto, pero ojalá te pase algo parecido con los cómics: Que además de usarlos para canalizar preocupaciones y resolver dilemas puedan servirte para generar recuerdos nuevos y felices.

    Y caerán fanarts, porque molas y nos inspiras a muchos... pero sigue caminando :>

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  2. Muchas gracias, maja :)
    Sí, yo seguiré dibujando mientras pueda, que tengo ahí historias pendentes :)
    Un abrazo.

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