Cada nombre lleva aparejado una sonoridad y un significado que rápidamente le imprimen un carácter al personaje. Por eso en Suburbu me he preocupado por ellos:

Caro es «querido» en italiano y también en español, aunque aquí también se usa en el sentido de «ser algo de precio elevado». Se puede entender que el protagonista es alguien a quien no ha faltado amor en la ciudad pero aún así se marcha. Quizá no termina de creérselo, o quizá simplemente quiere algo más. Quizá no se vende barato. 
| Isandlás es el «guardián» o el «maestro» del bosque. Su nombre es una mezcla del estonio isand (maestro) y del polaco las (bosque). Que a su vez suena parecido a San Blas, un santo conocido por su capacidad de curar milagrosamente. Aún tiene un par de nombres más en vasco: Basaun, contracción de Basajaun (Señor del bosque) y Oyarzani (Guarda del bosque). Es un personaje antiguo y como tal tiene que tener varios nombres en varios idiomas, porque la gente y las culturas vienen y van. 
| Acrog es el de un ex-compañero de instituto del revés. Sin embargo el personaje se ha alejado mucho de la persona, así que no hay segundas lecturas aquí. Pensé en rebautizarlo para que tuviera un nombre más apropiado y pensé en el vasco Igolanda o el francés Liseron, que significan «planta trepadora», porque el personaje es humilde y persistente. También pensé en Fermín o Firmin, variaciones del latín Firminus que significa «firme», ya que es firme con sus ideas. Pero ya era demasiado tarde: el personaje había agarrado el primer nombre y no le encajaba otro :) 
| Su se me ocurrió sin mirar nada. Me encajaba con esta chica. Primero pensé que era porque quería llamarla Susana, que quiere decir «lirio» en hebreo y que probablemente deriva de «loto» en antiguo egipcio. Pero busqué la abreviatura y resulta que quiere decir «agua» en turco y «llano» en chino. Ambos significados creo que se ciñen bien al carácter del personaje, porque es dúctil como el agua y al mismo tiempo tiene un fondo simple pero amplio, como las llanuras. 
| Arul es otro nombre que me surgió del subconsciente. Me recordaba a un noble indio, lo que es irónico porque el Arul de Suburbu no es indio y no tiene sangre azul, aunque sí la piel. También es un nombre que me inspira fuerza, nobleza, cualidades que le encajan a este profesor. Su significado en hindi: «brillante como el sol». 
| Énqi quiere decir espíritu en japonés (henki). Es una chica que al no tener recuerdos aparentemente no tiene nada más que lo esencial, lo que se entiende por espíritu. Es un nombre que sí busqué conscientemente y la versión que más me gustó fue la japonesa porque tiene un sonido suave, hen, y luego otro más cortante, ki. Ella puede ser ambas cosas. Más tarde también me enteré de que hay un dios en la mitología sumeria con el mismo nombre, pero no tiene mucho que ver. Creo. 
| Qati, de Catalina, viene del griego katharos que significa «pura». Pero no es ninguna princesita desvalida, no te creas. Su pureza es más de sentimientos y de tener claro de parte de quién está. También es reseñable su apellido, Orretche (corrupción de «casa de oro» en vasco por influencia francesa -ourretche-), porque es el nombre de un lugar importante de la historia. 
| Nana es otro nombre que me gusta porque lo asocio con las canciones de cuna. En principio iba a tener un papel de cuidadora, pero el personaje ha resultado ser más duro. Aún así no he querido cambiar el nombre porque me parece interesante el contraste. 
| Noitco es sencillamente «el de la noche» en una mezcla de vasco y francés. Está basado en un personaje mitológico, Gaueco, pero aquí es distinto… aunque da miedo igual. Podría escribir más sobre estos y otros peronsajes, pero ya está bien por hoy. Mi agradecimiento a los responsables del sitio Behind the Name, que me ha ayudado bastante en esta tarea :)
Cuando Caro se interna en el desierto por primera vez se encuentra con unos cuantos monstruos. Todos son distintos y claro, a cada uno se le vence de una forma diferente.
Estos dibujos los hice para la primera versión del primer capítulo de Suburbu, que fue publicada en la revista Husmee #4 en 2007.
Hoy terminan noviembre y el NaNoWriMo 2012. Ha sido mi cuarta participación y mi primer fracaso… y un fracaso bastante claro: apenas he llegado a la mitad de las palabras requeridas. La gran mayoría no valen para la novela porque son puro stream of consciousness (¿Cómo se dice en español? Yo digo chorreo mental :)). Sí que me ha gustado lo del chorreo porque me parece una herramienta estupenda para la autoexploración… pero para poder escribir una historia así hay que estar muy metido en ella.
Esta medianoche empieza el NaNoWriMo 2012. Ya escribí sobre qué es el año pasado, así que me salto esa parte. Este año no tengo nada preparado. Quería terminar de escribir el primer borrador de la última parte de AMS, La orilla del mar. Pero tengo el corazón y la cabeza en otra parte, así que no sé si podré. Quizá empiece a escribir por escribir y a ver qué sale. Tengo varios argumentos interesantes que me gustaría desarrollar. Unos son cuentos cortos, otros guiones de cómic. Quizá le eche narices y termine de una vez AMS. Quizá escriba cartas. Quizá haga un poco de esto y un poco de aquello. Lo único que sé de fijo es que escribiré, aunque no siga la ortodoxia nanowrimera. A todo esto, creo que tengo que empezar a publicar AMS de alguna forma a partir de enero, porque se me está «pudriendo en el cajón» y eso es lo más triste que le puede pasar a una historia. Aún más cuando uno ha puesto tanto cariño y tanto tiempo en ella.
¿Voy cumpliendo con lo que me propuse para este año? Sigo haciendo al menos un dibujo al día y estoy contento porque veo evolución, tanto en los dibujos en sí como en mi actitud hacia ellos: cada vez me cuesta menos hacerlos, cada vez me es más natural dibujar. También sigo publicando El artista y la musa a un ritmo decente y, lo más importante: sigo amando los personajes y la historia. Así que hay cómic para rato… y quiero llevarlo un poco más allá. Eso implica seguramente una web propia para el webcómic, una recopilación (en papel y digital), quizá merchandising… Tengo curiosidad por ver qué pasa, hasta dónde puedo llegar con el cómic, qué impacto real tiene.
Por tercera vez, he conseguido escribir las 50.000 palabras en un mes del NaNoWriMo. ¿Y qué siento? Pues que ha sido un NaNo muy distinto a los anteriores, y hasta el final he seguido empeñado en trabajar como antes, pero al verle las orejas al lobo -lo cual no era para tanto, pero ya sabemos que una cosa son las sensaciones y otra las apreciaciones racionales- todo ha dado un vuelco. Y me refiero a escribir rápido, sin dejarme nada en la cabeza, tecleando tan rápido como puedan mis manos. Y me he dado cuenta de que la finalidad primordial del NaNo, del Write Or Die y todo esto, es eso, hacer volar las manos, hacer volar la imaginación, para que, aquí o allá, en medio de toda esta maraña de palabras, surja la historia.
Esta noche empieza el NaNoWriMo, ese festival de la escritura que nos alegra noviembre a unos cuantos locos. Claro, yo tengo que participar. Es mi tercer año y quiero aprovechar esta ola de frenesí literario para escribir el último libro de mi saga de aventuras. Es difícil que lo termine, pero seguro que le pego un buen empujón. La idea del NaNoWriMo es empezar una historia desde cero y terminarla en el mes. Me encantaría hacerlo, porque tengo varias historias que me intriga explorar, pero hace un tiempo me prometí que terminaría las cosas que me importan. Aunque eso me convierta en un NaNo-heterodoxo, que tampoco importa tanto como divertirse. Porque esto va de divertirse escribiendo, aunque no sea una novela, aunque no se llegue a 50.000 palabras. Cuando pienso en NaNoWriMo no pienso en reglas sino en tazas de cacao, sprints a medianoche, intimidad con mis personajes, sorpresas inesperadas, vagabundeo por los nanoforos… y en pincharnos unos a otros para seguir adelante. Cada uno con lo suyo, con sus problemas y sus alegrías, pero todos adelante. Sea como sea el resultado, ¿no es hermoso el proceso? Si te animas a participar, en NaNolandia me llamo Charles Riverleaf. Y si no, disfruta haciendo lo que hagas ;) ¡Feliz NaNo a todos!
En julio empecé a enviar propuestas sobre mi novela a editoriales y, a las que se dejaban, una copia del borrador. No esperaba una respuesta, si llegaba, por lo menos hasta enero o febrero del año que viene. Así que me sorprendí cuando, una noche de mediados de septiembre, llegué a casa y recibí el recado de que un editor había llamado diciendo que le había gustado el libro y que quería publicarlo, nada menos.
En junio escribí que tenía entre manos un tebeo / cuento ilustrado para niños, ¿verdad? Pues se ha convertido en un cuento sobre el miedo al agua. Y digo «se ha» porque mi trabajo realmente consiste en sentarme, respirar tranquilo y dejar que salga lo que tiene que salir. Lo demás sucede.
Quería hacer algo diferente en agosto. Escribir una historia sencilla, con una sola trama y pocos personajes. Algo que mi abuela pudiera disfrutar, porque se puso a leer El corazón del desierto (AMS1) y, claro, con tanto nombre extraño y ser sobrenatural se perdía. También me apetecía probar suerte con el premio El Barco de Vapor. No me gustan los concursos, pero me apetecía mucho intentarlo en este caso concreto.

Sé que sólo es una copia de prueba para mí mismo, que necesita una buena revisión antes de ser publicable, que bla bla bla… Pero qué alegría me ha dado ver mi borrador en forma de libro de papel y cartón. ¡Gracias, Nanowrimo y Createspace! Ahora, a llenarlo de tachones rojos :)
Escribiendo mi novela he llegado a pensar alguna vez en cosas como «¿y por qué me habré metido en este berenjenal?». Pues por lo mismo por lo que estoy vivo, por lo mismo por lo que quiero vivir. Porque construimos nuestra realidad de la misma forma que contamos nuestras historias. Y queremos vivir. Nos engañamos terriblemente cuando pedimos paz y tranquilidad. ¡Eso ya lo tenemos en el fondo de nuestro ser! Estamos vivos porque queremos acción.
Y me siento raro. No sabría definirlo más allá de una leve sensación de ligereza al caminar. Quería terminar este borrador en algún sitio especial. La biblioteca está bien pero voy allí casi todos los días, así que me he acercado a Ibarla. Allí me he sentado en una roca casi plana al pie del arroyo y, con la luz del sol de la tarde filtrándose por las hojas y con sombras de un montón de mosquitos danzando sobre el teclado, he terminado de editar el borrador. Entonces, he mirado al agua y, en la otra orilla, un ratón olisqueaba entre las piedras. ¡Qué apropiado! Después me he comido un helado (de Huevo Kinder), por supuesto. ¡Estas cosas hay que celebrarlas! He tenido un anticipo de lo que, supongo, sentiré cuando termine la historia completa: una sensación de ligereza, de cierto vacío, una vaga tristeza mezclada con satisfacción y orgullo porque por fin he conseguido que la historia exista fuera de mi cabeza… y ganas de hacer más cosas.
Hace una semana y media que terminé la edición del primer «libro» de AMS, pero hay una parte que no terminaba de gustarme. Una parte crucial de la historia, porque en ella se ponen los cimientos y las pistas que llevan a la conclusión lógica de la trama. Me he acordado entonces de eso que llaman «mentalidad del moribundo»: ver la vida desde su final para saber darle a cada cosa su debida importancia. Pues lo mismo con la historia: necesitaba conocer mejor el final para ser capaz de definirla bien.
Sí, tenía varias ideas vaporosas sobre el final por ahí escritas, pero necesitaba sentarme y ver qué final me pedía cada personaje y cómo encajarlos todos. Así que eso he hecho estos días y, vaya, cómo cambia todo. Para empezar, he visto que dos personajes que no funcionaban del todo por separado en realidad eran… ¡uno mismo! E importante.
Si hubiera tenido esto más claro desde el principio quizá habría avanzado más rápido. Bueno, y también si hubiera tenido más claro que tenía que ponerme objetivos tangibles. Pero aquí estoy ahora, con menos de un tercio de la historia por escribir. Creo que no más de 20-30.000 palabras hasta completar el final. Y sí, tengo que terminar la novela ya, completa, de una sola vez. Siendo justo, no puedo cortar la primera parte y decir que eso es una novela, cuando en ese punto aún quedan un montón de cosas por resolver. Un cliffhanger de puta madre, pero un pitorreo también. Ahora bien, a ver quién se atreve con una novela de 700 páginas… En cualquier caso, quiero terminarla. Sea cual sea su destino.
Editando mi historia me llama la atención la cantidad de vueltas que doy en las primeras versiones, incluso cuando tengo un esquema preparado de antemano. Supongo que es porque no soy un creador, sino un descubridor. O quizá una especie de escultor, porque la historia está ahí: sólo es que tengo que cortar, rascar y pulir hasta que se comprenda y se sienta lo mejor posible.
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